Me pasó hoy, como para confirmar lo que me ha pasado muchas
otras veces. A las 5 de la tarde, la hora ardiente, la hora en que todos
ellos quieren sexo.
Yo también pago los $0.43 para mi comodidad en la espalda y mi falsa
seguridad y al final, qué más da, venirles cargando los huevos a los
cabrones estos que se me arriman por los hombros. Venir soportando sus
formas de excitarme por la rodilla o cuando me acercan el hueso a mi
músculo, eso cuando me toca venir sentada. Y cuando me vengo como monita
guindada, por cualquier cuestión que quiera llegar rápido, es de pensar
primero en rezar porque ya sé que algún insolente, se me pondrá por
atrás y se moverá como buscando espacio entre mis nalgas y aprovechará
mientras todo se llena. Piensan que van fornicando.
Son unos cretinos de mierda.
Piensan que por no quedar embarazados y no sufrir la regla cada 28,
son unos dioses y se les debe respeto y atención a sus fáciles promesas
de excitación. Son tan pobres, que son tan ridículos, muertos de sexo y
aburridos como los políticos de este fascinante país.
Ellos piensan que soy como un chicle barato, a los que muchos tienen acceso.
Unos creen que pueden tocarme con sus sucias manos negras y hediondas
a pisto para ayudarme a bajar, como si ya estuviera ruca. Y a mí que no
me den lata, esa no es cuestión de cortesía, es cosa de calentura.
Otros creen que cuando yo los veo es porque me gustan y tan inditos
que son. Si los vieran, la clásica vestimenta de una camisa tipo polo
rayada o de un sólo fondo, o una camiseta, un jeans que lo han llevado
puesto al menos una semana, unos zapatos marca nike que se compraron en
las pulgas, y para qué les cuento, tienen un pelito, un pelito como
escoba vieja. ¿Acaso ustedes pueden pensar que eso podría gustarme?
Por si fuera poco, cuando el bote de sardinas rodante se llena,
empiezan los extraordinarios olores que me incitan al asco, a la
desesperación y a la migraña. Empiezan las pláticas profanas, y esos
chismes que medio mundo conoce sobre las telenovelas mexicanas y la
música de calle, los vecinos y la familia. Empiezan aquellos a sacar su
celular último modelo “design for humans”, como si los cuches o las
gallinas pudieran utilizarlos también. ¡Tan brutos mis muchachitos! Y
ahí van, jugando al “angry birds” o recibiendo llamadas de sus
“amorosas”, como si el bote de sardinas fuera cabina telefónica. Van
contentos todos, pendientes de quién se sube, de quién se baja o a quién
se le cae la moneda para bajárselo de repente.
En ese momento, los payasos se vuelven magos, por arte de magia, se
ponen un saco negro y bien planchado, con un corbatín elegante y
empiezan a mirarme sin despecho, como para sacar un conejillo rosado de
mis ojos, y en ese preciso momento en el que los percibo, yo los veo tan
fijamente con mis ojos brillositos y encendidos como diciéndoles sí, y
que al final les voy a dar un su peso por tal espectáculo. Están
totalmente equivocados.
Una de muchachita ya no puede andar suelta, sola por ahí porque
siempre habrá un chucho de calle. Qué pena a lo que hemos llegado, a
esta inseguridad, a esta falta de respeto.
A veces no sé si me miran que los zapatos me combinan con la camisa,
porque tengo esa manía de combinarme…o simplemente miran lo deforme que
son mis piernas para burlarse y decirme que estoy buena. A veces no sé
si se fijan en mi pelo corto, o en lo mechuda que voy, como para
analizar dónde pondrán la mano cuando me besen. No sé si percibirán el
olor a perfume o simplemente miran mis pechos. Una ya no puede ponerse
guapa porque le roban la gracia.
Estoy de lo más harta de vivir lo mismo todos los días que me toca
salida, estoy cansada de ellos, de sus faltas de ortografía y de su mala
pronunciación. Todo me molesta, hasta la respiración de algún fulano o
fulana que se ponga atrás de mí haciendo la fila para poder entrar al
bote de sardinas, me molesta sus roses, sus miradas. Me molesta todo. Y
yo que no puedo ignorarlo, sería una inconsciente, una mujer injusta, yo
no me puedo callar. Me sueltan la ira.